Esta te la manda tu Penélope, insensible Ulises, pero nada de contestarla: ¡vuelve tú en persona! Ha caído Troya, en verdad aborrecible para las mujeres dánaas —¡pero ni Príamo, ni Troya entera, se merecían tanto! ¡Ay! ¡Ojalá que al acercarse su barco a las costas lacedemonias se hubiera ahogado el adúltero en una furiosa tempestad! [1] No me habría quedado postrada y fría en la cama que dejaste, ni me quejaría de lo lentos que se me hacen los días aquí abandonada, ni el paño que cuelga del telar habría cansado mis manos de viuda intentando engañar las largas horas de la noche. ¿Cuándo no he temido peligros más graves que los verdaderos? El amor es cosa llena de angustias y de miedos. Me imaginaba a violentos troyanos dispuestos para atacarte, y solo de oír el nombre de Héctor me ponía pálida; o si alguien contaba que Héctor había vencido a Antíloco [2] , Antíloco era la causa de mis miedos; o si era que el hijo de Menecio había caído víctima de equivocadas ...