En un remoto pueblo de pescadores al sur de Sri Lanka María le pregunta a Rico ¿Monja? ¿Camarera? ¿Virgen? ¿Qué te gustaría que fuera esta noche? Todo menos tu madre. Ya vale. Pero antes tocaremos la flauta. Aquí no. Vamos a la playa y allí puedes tocar para mí y contarme un cuento. Una a una salen las barcas al mar con un vaivén de lámparas lamiendo las olas con sus remos como lenguas sobre un pecho. María va con la falda hinchada por el viento y él, descalzo, con vaqueros y camiseta, camina no con ella sino un poco detrás de ella: cuando tocaba siempre atraía a los animales, las plantas, los campos, las montañas se inclinaban para escuchar, los ríos se salían de su cauce, las tormentas del norte se congelaban para no estropear ni una nota, los pájaros se callaban, ni siquiera las sirenas cautivaban porque estaban cautivadas. Cuando murió su amada bajó al valle tenebroso tras ella, hechizó a Perséfone con su música, de los ojos de las ...